Cuando suspendida en el aire reflexioné que,
no solo hojas caían de los árboles, sino también pétalos que rozaban mi rostro
las que se dirigían a él no alcanzaban a tocarlo, pues primero se desvanecían en su aura blanca.
Antes de algo, tomó mi mano y ya había salido la Luna, pero en el instante una fuerza recorría todo mi ser y noté que no sentía ya mi cuerpo, era libre, era tan solo aire en el aire, pero no desvanecía, tan solo no tenía límites.
Yo! la que antes gritaba y despojaba a la serenidad, la que nunca creyó en estrellas y ahora estaba rodeadad de ellas.!
aquél fulgor se impregnaba en mi cabello, pero ya lo veía de lejos...
Pues el Ángel de Otoño con sutil presencia había girado mi vida. que hasta ahora conocía invierno y verano.
-¿un eterno Otoño? sugirió en mi oído.
-Para un eterno amor. respondí.
y con sus alas nos cubrimos y no hubo nada más que luz.

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